
A veces quiero ponerle pausa a la vida y llorar a gusto sin pensar en los pendientes que estoy posponiendo por sentirme mal, pero no se puede. Entonces me doy órdenes a mí misma seguido de un “y llora después”.
“Primero elige tu outfit para mañana y llora después”. Porque sé que la tristeza va a seguir ahí esperando por mí aún después de terminar todo lo que tengo que hacer, así que pienso: ¿cuál es la prisa? y mejor me agendo una hora de llanto antes de dormir.
Por eso convertí a la hiperproductividad en mi mejor amiga. Si me mantengo ocupada no tengo tiempo de pensar, si no pienso no me detengo, si no me detengo, no siento, si no siento, no lloro, no me enojo, no nada. No digo que sea la mejor salida pero he llegado a un trato con mi propia depresión y hemos acordado que yo voy a elegir cómo, cuándo y dónde dejarme sentir lo que tenga que sentir.
Porque los inicios de año siempre son difíciles y este no fue la excepción. Apenas a unos cuantos días de haber iniciado enero, me vi en la necesidad de cuestionarme todas mis creencias sobre el amor y las relaciones personales.
Me di cuenta de que ni siquiera tienes que estar con una persona para pertenecerle. Le puedes pertenecer a alguien desde el momento en que le compartes tus secretos más random y los más oscuros o porque sabe perfectamente cómo saben tus besos cuando tienes hambre.
Le perteneces a quien piensas cuando escuchas tus canciones de amor favoritas, eres de quien viene a tu cabeza cuando quieres platicar sobre cómo estuvo tu día, eres de quien aparece en tus sueños más utópicos donde la vida parece estar en orden. Yo le pertenezco y él ya no está aquí.
Quiero encontrar un cachito de paz donde vivir por siempre. Sin inicios sin finales. Sólo estar.
–
Not my best, pero intento no dejar morir esto.
Gracias por llegar hasta aquí.
