mafer / 2025

¿Alguna vez has sentido que tu nombre no debería de ser tu nombre? ¿O has tenido la sensación de que tu nombre no combina con tu cara? ¿Has sentido que ese nombre por el cual todos te llaman no te pertenece?

Si leíste la entrada pasada de este blog (hace más de un mes, ups), podrás entender que la desconexión que yo siento no solo con mi nombre, sino con mi propia persona, está bastante justificada, diría yo.

Pero eso no empezó a los 18 años. Desde niña me recuerdo siempre renegando de llamarme María. Fernanda no estaba tan mal, pero María no sé, simplemente no iba conmigo. No es que creyera que mis nombres eran feos, al contrario, simplemente había algo que no cuadraba. Cuando jugaba con mis primas a “las amigas”, por fines de la trama, solíamos cambiarnos el nombre y yo siempre elegía “Andrea”. No sé qué tenía ese nombre, y no recuerdo haber conocido a ninguna hasta ya mucho más grande, pero yo me veía al espejo y sentía que Andrea era un nombre bastante más apropiado para mi cara. Cuando era Andrea, me sentía menos asustada. Andrea era mucho más extrovertida, simpática y le caía bien a todos. Fernanda era invisible y se sentía un prop en su propia familia y, aunque eso me sucedía de niña, mi nombre nunca me dejó de incomodar sin razón alguna.

Cuando cumplí 18 y sucedió el evento canónico que me cambió para siempre, creí haberle encontrado el origen a esa desconexión. Sentí como si, dentro de mi propia ignorancia y aún sin saber absolutamente nada, en mi memoria más profunda hubiera vivido siempre esa sensación de no existir.

Cuando supe que no existía y se lo conté a las personas más cercanas a mí en ese momento, recuerdo que más de una vez me preguntaron si no quería cambiarme el nombre, aprovechando que legalmente no existía como María Fernanda. Y sí, claro que lo pensé; si legalmente no existía una María Fernanda Tapia Escobar, ¿quién podía detenerme de elegir otro nombre? Sin embargo, fue muy duro darme cuenta de que, independientemente de cómo me llamara, yo no tenía ni idea de quién era en realidad y pensar en cambiarme el nombre de la noche a la mañana solo me iba a desconectar aún más de mí misma.

Sonaba tentador elegir otro nombre y empezar de cero, pero siendo Andrea o cualquier otra persona, las cicatrices de Fernanda iban a vivir por siempre conmigo. Hubiera sido inútil querer convertirme en otra persona cuando ni siquiera me sentía a gusto con la que ya era.

Si el cambio de nombre hubiera venido con un reset de memoria incluido, entonces tal vez lo hubiera considerado.

Las últimas semanas han sido una verdadera montaña rusa; tuve que empezar de cero en algunas cosas y ponerle pausa a otras. He querido ser más constante y disciplinada con mis proyectos, pero hasta ahora la fatiga mental le ha ganado a la motivación.

Se acerca el 2025 y no sé qué proponerme, tampoco sé qué esperar. Estoy segura de mis metas, pero los pasos del plan a seguir se han tornado bastante borrosos. Cada paso que doy me temo que sea en falso. Ya no sé si mis decisiones me acercan o me alejan de la vida que quiero.

No sé cómo empecé hablando de mi nombre y terminé hablando de mi miedo al futuro, pero nevermind, gracias por llegar hasta acá.

Send polvos de motivación para que pueda continuar escribiendo semanalmente. </3

¿Me ayudas con algún comentario?