
La semana pasada hice una dinámica en Instagram para que en una cajita depositaran un color, un objeto y una estación del metro y con eso yo tratar de hacer un cuento donde mencione esos tres elementos, el reto es hacer uno por semana.
La primera que salió fue:
-Copilco, bicicleta, azul.
Así que aquí vamos.
.
.
.
Allá abajo
Mariana camina por una calle abandonada, es de día pero todo lo ve verde como si trajera un filtro en los ojos. Su cuerpo delgado tiembla de frío, sólo trae un camisón blanco y está descalza, completamente sola. El olor a basura es insoportable, y el vapor de las alcantarillas la envuelve como niebla. A lo lejos se ve un puente peatonal y una persona parada en la cima. Mariana camina hacia allá y logra distinguir que la persona en el puente es su hermano gemelo, Raúl. Mariana quiere alcanzarlo y acelera el paso, llega al puente, y ve a Raúl desde abajo. Raúl sube el barandal del puente, él no se percata de la presencia de Mariana. Se queda unos segundos viendo a la nada hasta que finalmente se avienta y cae a los pies de su hermana. La mirada vacía, el cuello roto, la sangre se expande.
Mariana despertó agitada y sudando.
Miró el reloj, eran las 4:53am.
—Otra vez esa puta pesadilla.
Maldijo.
Mariana llevaba casi un año con la misma pesadilla. Comenzó poco tiempo después de que su hermano se quitó la vida arrojándose a las vías del metro Copilco. Raúl tenía sólo veintiún años cuando decidió acabar con todo un día común y corriente de camino a la universidad. Ella junto a sus padres habían tenido que ver una y otra vez las grabaciones de las cámaras de seguridad donde se observaba a Raúl en sus últimos minutos de vida. Mariana se aprendió los videos de memoria;
09/27/23 11:03:08 – Raúl baja de su bicicleta Benotto azul y la deja recargada en un poste, deja también su mochila colgada en el manubrio y baja las escaleras del metro Copilco para entrar.
09/27/23 11:05:02 – Dentro del metro, Raúl camina hacia el andén.
09/27/23 11:08:12 – Raúl al final del andén dirección Indios Verdes. Se ve tranquilo está recargado en la pared.
09/27/23 11:10:26 – El metro se aproxima, Raúl se acerca a la orilla.
09/27/23 11:10:55 – Raúl se avienta a las vías del tren. El tren intenta frenar pero es demasiado tarde.
Las personas convertidas en gallinas sin cabeza, nadie sabe qué hacer.
09/27/23 11:11:02 – Adiós Raúl.
Los papás de Mariana se fueron de la ciudad a las pocas semanas del funeral. Mariana se quedó viviendo sola en el departamento en Tlatelolco que sus papás habían comprado y donde habían vivido desde los 60’s. Casi todos los días le marcaban para saber cómo estaba y asegurarse de que siguiera yendo a la universidad. Mariana les mentía para mantenerlos alejados pero en realidad llevaba meses sin pisar la facultad. El simple hecho de regresar a la misma universidad donde algún día su hermano también había estudiado, le parecía una traición, ¿qué derecho tenía ella de seguir su vida cuando su hermano ya no había podido seguir con la suya? Unos días después del funeral, Mariana entró al cuarto de Raúl. Revolvió y esculcó cada rincón hasta que dio con una libreta vieja. Encontró notas escritas por su hermano a lo largo de los últimos años. Ya no querer vivir y estar harto de todo era algo que se repetía constantemente, sin embargo, nunca hablaba explícitamente de querer quitarse la vida. Mariana se culpaba por nunca haberse percatado de la depresión que sufría la persona con la que alguna vez había compartido el vientre de su madre. Se preguntaba cómo era posible que la misma persona que la hacía reír todas las mañanas en el desayuno, hubiera sido capaz de quitarse la vida así, sin decir nada, sin dejar una carta de despedida. Se sentía abandonada.
Después de dejar la facultad, empezaron los excesos. El alcohol, la marihuana y los antidepresivos se volvieron parte de su día a día. Se alejó de todos sus amigos, nadie sabía cómo acercarse tampoco.
Cuando estaba demasiado cansada para salir de fiesta, Mariana pasaba sus noches de insomnio platicando con desconocidos por internet. Un día encontró una comunidad donde la gente contaba sus experiencias intentando contactar a personas muertas. Poco a poco se fue obsesionando cada vez más con el tema. Intentó contactar muchas veces a su hermano con rituales caseros y tutoriales de internet, incluso se compró una ouija pero nada tuvo éxito. Un día, cerca del aniversario de la muerte de Raúl, le pidió a su amiga, Frida, que la acompañara a encontrarse con Johan, un bato que había conocido a través de un foro y que aseguraba que podía ayudarla a contactarse con su hermano. Frida tenía mucho miedo pero no quería dejarla sola, menos después de no haber sabido nada de ella desde la tragedia. El día de la cita, Mariana y Frida llegaron a las 8:00 de la noche. Esperaron a Johan en frente del mercado de Sonora, afuera de un Banorte. Él apareció 15 minutos después. Johan era un bato de unos 30 y tantos años, alto, moreno, su playera sin mangas dejaba ver un tatuaje de un rosario en el brazo izquierdo y en las puntas de su pelo corto y castaño quedaban restos de una decoloración.
Johan llegó y sin presentarse, sólo con un gesto les indicó el camino. Las dos caminaron detrás de él por las calles de la Merced hasta llegar a la calle de Puente de Santo Tomás. Ahí en una esquina, se toparon con una vecindad vieja, casi cayéndose a pedazos. Recorrieron un pasillo largo y sin iluminación hasta llegar frente a una puerta negra de metal. Johan sacó un manojo de al menos treinta llaves con un llavero de cuentas rojas y conchas blancas. Abrió la puerta y entraron los tres, Johan al frente y Frida al final. El cuarto estaba en penumbras, la única luz provenía de las veladoras prendidas en un altar a la Santa Muerte que ocupaba toda una pared. El cuarto estaba casi vacío, lo único además del altar, era una mesa de metal oxidado con dos sillas de madera y un catre en una orilla. Johan tomó un par de veladoras del altar y las llevó a la mesa. Le pidió a Mariana que tomara asiento frente a él y a Frida le dijo que podía sentarse en el catre. Les pidió a las dos que pusieran sus celulares en silencio para no tener ninguna distracción. Mariana sacó de su morral, una foto de Raúl y se la dio a Johan, él tomó la foto y la puso dentro de una vasija pequeña de metal.
—Necesito hablar con él. Le dijo Mariana.
Johan se paró y salió del cuarto. Mariana y Frida se buscaron la mirada en la oscuridad.
—Mariana yo no creo que esto…
Johan regresó al cuarto interrumpiendo a Frida. En la mano cargaba una gallina negra.
—¿Y esa gallina para qué?
Preguntó Mariana.
—No podemos pedir nada de allá abajo si no les damos algo de acá arriba a cambio.
Le respondió.
Johan tomó a la gallina de la cabeza, sacó una navaja de su calceta y en un movimiento rápido, le cortó el pescuezo. Inmediatamente vació su sangre en el mismo pocillo donde estaba la foto de Raúl y con una de las veladoras, le prendió fuego. Johan comenzó a rezar en voz baja. No se entendía lo que decía. Pronto el humo de la foto quemada se esparció por toda la habitación como neblina. Mariana comenzó a toser y agitar las manos para disipar el humo e intentar buscarle la cara a Johan. Al recuperar la visión vio a Raúl sentado frente a ella en lugar de Johan, ahí estaba él, pálido, descompuesto, con las cuencas de los ojos vacías. Mariana sintió terror y un escalofrío invadió su cuerpo, no logró decir ni una palabra antes de caer desmayada.
Un rato después despertó con un trapo de alcohol en la nariz. Seguía en el cuarto de Johan. Frida estaba en cuclillas frente a ella, espantada, y le rogó que se fueran ya. Mariana le pidió a Johan con desesperación que lo volvieran a hacer, les dijo a los dos que lo había visto, que había visto a Raúl, que necesitaba volver a verlo y hablar con él. Johan le dijo que no era buena idea y no se podía arriesgar a que algo le pasara ahí. Frida, enojada, le dijo que ya era suficiente y casi la sacó a rastras del lugar. Caminaron de regreso al metro Fray Servando, ya eran casi las 11 de la noche. En el tren, las dos iban calladas. Mariana tenía la mirada perdida y Frida intentaba distraerse leyendo un libro. Finalmente el silencio se rompió.
—¿Harías una última cosa por mí? preguntó Mariana.
—Depende, si se trata de volver a acompañarte a una vecindad para que te contactes con el otro mundo, no cuentes conmigo.
—¿Me acompañarías a Copilco? soltó Mariana.
—¿A qué quieres ir a Copilco? ¿Y a esta hora?
—Por favor, sólo acompáñame.
—Neta que nada más porque ya es bien tarde Mariana, pero esta es la última.
Después de varias estaciones y dos transbordos, llegaron a la estación.
Caminaron hasta el final del andén y Mariana se sentó en el piso recargando la espalda en la misma pared donde Raúl había pasado sus últimos segundos de vida.
—¿Y ahora qué? Ya estamos aquí, ¿qué buscas?
—Nada, sólo siéntate en frente de mí.
Frida, harta y cansada, se sentó de mala gana. Mariana sacó la foto a medio quemar de su hermano, todavía con restos de sangre de gallina.
Frida se paró de un salto.
—No Mariana, no voy a ser parte de esto otra vez, por favor ya para con eso.
Mariana se soltó a llorar.
—Por favor ayúdame, es la última vez que lo intento, te lo prometo, sólo necesito saber por qué lo hizo.
Frida volvió a sentarse. Mariana sacó un encendedor y una navaja de su morral.
—¿Qué haces Mariana? Tú no eres una gallina, ni sabes qué rezos tenías que decir.
—Johan dijo que no podemos pedir nada de allá abajo si no les damos algo de acá arriba a cambio.
Mariana metió la foto de Raúl en un termo de café vacío y le prendió fuego, inmediatamente se rajó la palma de la mano y cuando cayeron las primeras gotas de sangre sobre la foto, se desmayó otra vez.
Mariana despertó entre humo y niebla en la calle de siempre. Todo lo veía verde, no había nada más que basura y humo. Se levantó del piso y comenzó a caminar. Vio el puente y se fue acercando pero esta vez no había rastro de su hermano. Corrió al puente y subió buscándolo. Caminó hasta el lugar desde donde él siempre la observaba, se asomó hacia la calle y ahí estaba él, con su bicicleta azul, y esta vez se veía tan vivo como la última mañana que se despidieron.
Raúl le sonrió.
Mariana no lo vio hablar pero escuchó su voz.
— Si quieres entenderme tienes que acompañarme.
*
Frida pasó en completo silencio las siguientes dos semanas. Ni siquiera había podido rendir su declaración, no podía explicar cómo ni por qué Mariana había saltado a las vías del metro.
En la cámara de seguridad se les ve a las dos sentadas, se alcanza a ver apenas un poco el fuego del encendedor seguido de la sangre y el desmayo de Mariana. En cuanto Mariana se desmaya, Frida se levanta y corre a pedir ayuda. Mariana se levanta lentamente y se acerca a la orilla del andén, se queda parada ahí unos segundos viendo a la nada.
Frida va de regreso con un policía cuando ven un tren aproximarse. Frida grita y corre hacia ella pero ya es demasiado tarde. El tren llega a la estación y Mariana salta a las vías.
09/23/24 23:47:02 – Adiós Mariana.
–
